Isla Buenaventura

La Isla de la Buenaventura representa el territorio de las oportunidades prometidas y, al mismo tiempo, de las oportunidades que no terminan de consolidarse. Es la isla donde la realidad de la insularidad marca la trayectoria del estudiantado, pues si bien el sistema prepara y genera talento, la oferta de estudios superiores y Formación Profesional a menudo obliga al alumnado a desplazarse fuera de la isla de residencia para poder acceder a esa cualificación . Además, es la isla donde ese talento, encuentra límites al intentar incorporarse al mercado laboral

En la Buenaventura conviven dos realidades aparentemente contradictorias: una juventud cada vez más preparada y un modelo productivo que no siempre está preparado para absorberla. Esta tensión genera fenómenos como la sobrecualificación, la precariedad laboral y la migración juvenil, configurando un escenario en el que formarse no garantiza quedarse.s

En las próximas páginas analizaremos cómo la brecha entre formación y empleo, la temporalidad, las dificultades de acceso a la estabilidad laboral y la fuga de talento configuran una dinámica estructural que transforma a la Buenaventura en una isla que educa, pero que no siempre logra retener.

Islas que forman,
islas que expulsan

Reto 1: Reducir la sobrecualificación

La juventud canaria presenta niveles educativos crecientes, pero ello no siempre se traduce en oportunidades adecuadas de empleo. A finales de 2024, el 66,1 % de los jóvenes de Canarias contaba con un nivel educativo mayor al de la enseñanza obligatoria, aunque solo el 25,7 % había completado estudios superiores (Universidad o FP de Grado Superior). Esto indica que una parte sustancial supera la etapa obligatoria pero no accede a la formación superior, quedando con niveles de Bachillerato o FP intermedios (40,4 % del total juvenil). A pesar de este esfuerzo formativo, el mercado laboral regional es incapaz de absorber todas las especializaciones disponibles. De hecho, cerca del 42% de jóvenes con titulaciones superiores en Canarias están desempeñando trabajos que requieren una cualificación inferior. La tasa española de trabajadores con empleo por debajo de su nivel educativo supera el 35 %, lo que demuestra que es un fenómeno que se ve exacerbado en las Islas.

Aunque la tasa de paro de los menores de 25 años canarios se sitúa en torno al 19,4 % a comienzos de 2026, ligeramente por debajo de la española (23,0 % en 2025), el problema más estructural es la falta de oportunidades acordes a la formación recibida. Por ejemplo, la mayoría de los jóvenes considera que su primer empleo guarda poca relación con los estudios cursados, reflejo del desajuste educativo-laboral.1 Canarias forma cada año a miles de jóvenes pero termina expulsando a muchos de sus titulados, que optan por carreras profesionales fuera de las islas en busca de empleo cualificado.

Comparado con otras regiones y países, esta brecha también se observa en otras zonas con economías similares (turismo, servicios). Por ejemplo, España lidera Europa en sobrecualificación, y se han detectado diferencias territoriales dentro del país.

Las estimaciones nacionales muestran que la mitad de los jóvenes de 25-34 años alcanzan estudios terciarios, muy por encima del promedio europeo, pero esto no garantiza empleos acordes. En Canarias esto se agrava por la doble insularidad y la dependencia de sectores de baja cualificación.

Esta situación de devaluación de los títulos académicos genera una barrera estructural que impide el pleno desarrollo profesional de las nuevas generaciones.

La entrada al mercado laboral en Canarias se ha convertido en un «rango de paso» marcado por la incertidumbre, donde la juventud asume la precariedad no como una fase transitoria, sino como una condición estructural.

A pesar de la bajada del paro juvenil en el último año (situándose en torno al 19,4 % a inicios de 2026), los empleos generados son en su mayoría temporales y de baja calidad. La media salarial neta de los jóvenes canarios (≈947 €/mes) es la más baja de España, lo que combinado con unos precios de vivienda muy altos produce muchos «trabajadores pobres». Así, el 35,9 % de los jóvenes en empleo se sitúa en riesgo de pobreza (más de 1 de cada 3), y de hecho solo el 67 % cuenta con contrato indefinido, frente a niveles cercanos al 78 % del año previo.

La precariedad se articula en varios puntos clave:

  • La trampa de la temporalidad: El 70,1 % de los jóvenes canarios inicia su trayectoria con contratos temporales o de prácticas. Lejos de ser un trampolín, estos contratos son efímeros: para el 33 % de los asalariados temporales, la duración habitual oscila entre los cuatro meses y menos de un año.
  • Irregularidad normalizada: Muchos jóvenes realizan su primer trabajo sin cobertura legal. Por ejemplo, encuestas indican que un 13–15 % admite haber trabajado sin contrato en su primer empleo. Este grave dato revela amplias bolsas de economía sumergida que dejan sin protección laboral a los trabajadores novel.
  • Cerca de 3 de cada 5 jóvenes con empleo declaran trabajar a tiempo parcial de forma involuntaria, deseando más horas pero encontrando solo ocupaciones a media jornada. A diferencia de la tendencia nacional (donde el empleo a tiempo parcial ha caído), en Canarias los jóvenes subempleados han aumentado, agravando la precariedad salarial.
  • El impacto del sector servicios: La dependencia del turismo y la estacionalidad provoca que muchos contratos «indefinidos» sean en realidad fijos-discontinuos, lo que maquilla las estadísticas de estabilidad sin resolver la inseguridad de ingresos durante los meses de baja actividad.

En Canarias es habitual que los estudios universitarios o de ciclo formativo se combinen con un empleo remunerado. Cerca del 30 % de los jóvenes canarios compaginan simultáneamente estudio y trabajo, una proporción superior a la observada en otras regiones. En sí mismo no es negativo querer adquirir experiencia, pero la realidad es que la mayoría de estos empleos son precarios y de baja remuneración: cerca del 60 % se realiza a tiempo parcial involuntariamente, en empleos temporales o de prácticas que apenas cubren gastos. Los jóvenes «sisis» trabajan no por vocación sino por necesidad económica.

El caso típico es el estudiante que saca horas entre clase y clase, o la persona que realiza prácticas no remuneradas mientras lucha por pagos básicos. Esta situación puede devenir un callejón sin salida: el esfuerzo adicional a menudo no compensa, y estudios señalan que quienes trabajan durante sus estudios tienen más riesgo de retrasar graduaciones o no acabarlas. En la visión de los propios jóvenes: «incluso cuando cumplimos con todo lo que se nos pide (formarnos, trabajar y esforzarnos) seguimos sin poder independizarnos», resaltando que deben afrontar la precariedad laboral desde estudiantes.

Este fenómeno se debe principalmente a:

  • La brecha entre becas y costes reales: El sistema de becas actual no cubre el sobrecoste derivado de la insularidad ni la inflación habitacional. En islas capitalinas, donde el alquiler de una habitación consume más del 50 % del salario medio joven, el trabajo se vuelve obligatorio.
  • Bajos salarios y precariedad: Con un sueldo neto tan bajo, el ahorro es inexistente. Muchos estudiantes aceptan empleos de fin de semana o jornadas parciales en hostelería u otras áreas del sector servicios para suplementar la economía familiar.

El denominado «éxodo forzado» se ha consolidado como una de las principales consecuencias del actual modelo de empleo juvenil en Canarias. La movilidad no se experimenta mayoritariamente como una oportunidad de enriquecimiento personal o profesional, sino como una salida obligada ante la falta de alternativas laborales estables y cualificadas en el archipiélago. Según la Fundación Tamaimos, apenas el 14 % de los jóvenes canarios cree que no tendrá que emigrar por falta de oportunidades, y solo el 28 % considera que podrá desarrollarse plenamente en Canarias.

Este fenómeno está estrechamente vinculado a la limitada diversificación del mercado laboral canario. Aunque el archipiélago genera empleo, gran parte de las oportunidades se concentran en sectores de baja cualificación o alta estacionalidad relacionados con el turismo, lo que reduce las posibilidades de inserción en áreas técnicas, científicas o creativas. Esto explica que el 24 % de los jóvenes canarios se matricule en la península para cursar estudios universitarios, porcentaje que asciende al 47 % en el caso de estudios de máster. La salida formativa genera un efecto de no retorno: muchas de las titulaciones elegidas no encuentran encaje en el mercado laboral insular, o lo hacen de forma muy limitada y concentrada territorialmente.

La migración juvenil opera en dos niveles que profundizan la desigualdad territorial. Por un lado, la doble insularidad obliga a jóvenes de El Hierro, La Gomera, La Palma, Fuerteventura o Lanzarote a trasladarse a las islas capitalinas para acceder a estudios superiores o determinados servicios, lo que jerarquiza el archipiélago y acelera el envejecimiento demográfico de las islas periféricas. Por otro lado, la fuga externa absorbe a una parte significativa del 25,7 % de jóvenes que alcanzan titulaciones superiores, quienes, ante un escenario de sobrecualificación, salarios bajos y escasas oportunidades de desarrollo profesional, optan por marcharse a la península o al extranjero.

Esta dinámica no puede atribuirse exclusivamente al sistema educativo. Es lógico que la oferta universitaria y de Formación Profesional responda a la estructura productiva existente. Sin embargo, la limitada capacidad del mercado laboral para generar empleo cualificado en ámbitos como la ciencia, la tecnología, la ingeniería, las matemáticas o las industrias culturales dificulta la retención del talento formado. La consecuencia es una pérdida crítica de inversión pública: Canarias financia la formación de generaciones cuyo retorno económico e innovador termina produciéndose en otros territorios.

Además del impacto económico, la salida constante de jóvenes entre 18 y 30 años tiene efectos sociales profundos. Reduce la natalidad, debilita el tejido asociativo y limita la capacidad de transformación colectiva del archipiélago. El sentimiento de no poder construir un proyecto de vida en el lugar de origen genera desarraigo emocional y normaliza la idea de que el éxito profesional implica necesariamente marcharse.

Por ello, abordar la migración juvenil requiere una estrategia integral centrada en el empleo. No basta con mejorar la oferta formativa; es imprescindible impulsar una diversificación económica real que amplíe el abanico de oportunidades profesionales, reforzar las políticas activas de empleo juvenil y fomentar la creación de puestos cualificados y bien remunerados. La administración educativa tiene herramientas en las que intervenir en la protección del capital humano canario, tales como la mejora de currículums de las enseñanzas o el impulso de prácticas en empresas de calidad, remuneradas y que potencien el conocimiento. En este sentido, también existen iniciativas encaminadas a la dinamización económica del archipiélago canario, tales como Canarias Destino Startup, evento organizado por la Asociación de Jóvenes Empresarios de Las Palmas para potenciar el emprendimiento y la innovación en las islas a través de startups y pymes. Solo con acciones así será posible transformar la lógica actual de «formar para marcharse» en una dinámica de «formar para quedarse».

La Formación Profesional ha experimentado una expansión significativa en Canarias en los últimos años, consolidándose como una vía clave de cualificación para la juventud. En el curso 2024/2025, el archipiélago superó los 150 ciclos formativos distribuidos en 26 familias profesionales. Esta ampliación refleja un esfuerzo institucional por diversificar la oferta y mejorar la cobertura territorial.

Sin embargo, la distribución de la FP continúa mostrando importantes desequilibrios insulares. Actualmente existen 3.047 grupos de FP en Gran Canaria y 2.959 en Tenerife, frente a 782 en Lanzarote, 428 en Fuerteventura, 244 en La Palma, 151 en La Gomera y 75 en El Hierro. Esto implica que aproximadamente dos tercios de la oferta formativa se concentran en las dos islas capitalinas, reproduciendo dinámicas de centralización que afectan especialmente a territorios con doble insularidad.

Pese al aumento de la oferta, el mercado laboral canario evidencia un desajuste persistente entre cualificaciones disponibles y perfiles demandados. En Canarias existen más de 160.000 personas desempleadas mientras cerca de 8.000 vacantes permanecen sin cubrir, lo que supone aproximadamente 20 personas en paro por cada puesto ofertado. Este dato no apunta a una ausencia general de formación, sino a una desconexión entre competencias adquiridas y necesidades reales del tejido productivo.

El problema es especialmente visible en sectores técnicos. En el ámbito de la construcción, el 60 % de las empresas declara no encontrar perfiles

cualificados suficientes para cubrir sus necesidades. En Tenerife se identifican carencias en perfiles técnicos vinculados a electricidad, mantenimiento industrial y sanidad, mientras que en Gran Canaria las dificultades se concentran en ocupaciones operativas relacionadas con comercio, industria ligera y hostelería especializada.

La paradoja se reproduce en islas no capitalinas. En Lanzarote, por ejemplo, existen 7.692 personas desempleadas, pero simultáneamente se registran vacantes sin cubrir por falta de perfiles adecuados (Observatorio Canario de Empleo, 2024). Esta situación evidencia que el reto no es únicamente cuantitativo, sino estructural, ampliar ciclos no garantiza automáticamente adecuación sectorial.

La Formación Profesional se encuentra, por tanto, en una encrucijada estratégica. Puede consolidarse como eje de diversificación económica o quedar limitada a una expansión formal sin impacto profundo en la estructura productiva. La planificación formativa debe anticipar sectores emergentes como transición energética, digitalización, industria técnica especializada o economía azul, evitando tanto la saturación en determinadas ramas como la infraoferta en otras críticas para el desarrollo insular.

Aunque, por desgracia, la asociación de «Las Afortunadas» con el turismo es la más frecuente, las circunstancias de la España vaciada también aparecen en Canarias. Principalmente, los mínimos demográficos y de densidad asociados a la ruralidad aparecen en islas como La Gomera, El Hierro y La Palma, y en puntos muy concretos de Tenerife (Parque Rural de Anaga) o Gran Canaria (Parque Rural del Nublo). Esto ha generado un éxodo de jóvenes y familias, que ha conllevado también una baja en la natalidad.

En los últimos años, han cerrado 48 Centros de Educación Infantil y Primaria en zonas con menos de mil habitantes por falta de alumnos matriculados, no entrando en datos de Institutos de Educación Secundaria por su prácticamente inexistente presencia en estas zonas. Esta cuestión va mucho más allá de un problema de eficacia y eficiencia, ya que los centros educativos son una herramienta fundamental para fijar la población joven, garantizando la subsistencia de muchos núcleos poblacionales.

La situación de los centros educativos que no se han eliminado en zonas rurales no es tampoco positiva. Normalmente, carecen de servicio de comedor o de transporte escolar, además de recursos como son laboratorios, bibliotecas o internet de calidad, o de profesorado de determinadas materias y especialistas de apoyo.

En diversas zonas del archipiélago, se han tomado iniciativas de educación comunitaria mediante asociaciones o bibliotecas, potenciando intercambios intergeneracionales, talleres o actividades. Si bien estas acciones son muy útiles para el pleno desarrollo de los y las jóvenes en zonas rurales, no se debe olvidar que no se puede sustituir la iniciativa privada por la formación reglada y obligatoria, que debe ser accesible y de calidad.

En el caso de aquellos niños, niñas, adolescentes y jóvenes que optan por quedarse en su entorno, derecho que, por su parte, deben tener, se ven obligados a tomar rutas de transporte escolar escasas y largas, cuestión que favorece la desescolarización y el abandono escolar temprano.

Las propuestas

  • Vincular de forma más estrecha la creación de plazas en ciclos de FP Superior y grados universitarios con las demandas reales y futuras de los sectores estratégicos de cada isla para mejorar la adecuación estudios-trabajo.

 

  • Garantizar que los empleos que requieren alta formación sean suficientes y debidamente remunerados en Canarias. Se sugiere promover incentivos fiscales y subvenciones para empresas que creen puestos especializados de alto nivel, así como desarrollar carreras profesionales que valoren la formación técnica.

 

  • Reforzar la relación entre centros formativos y el tejido empresarial, asegurando prácticas profesionales obligatorias y actualizando los currículos según las habilidades demandadas. Esto puede incluir jornadas de puertas abiertas, ferias de empleo por islas, y programas de mentorización de jóvenes por técnicos locales.

 

  • Intensificar las inspecciones de trabajo y Seguridad Social, especialmente en sectores con alta precariedad (hostelería, comercio, transporte, agricultura). Se trata de erradicar contratos verbales y el trabajo no dado de alta, detectando la economía sumergida que condena a los jóvenes a la desprotección

 

  • Bonificar las cuotas de Seguridad Social a las empresas que conviertan contratos temporales o de prácticas en contratos indefinidos a jornada completa.

 

  • Crear planes de empleo públicos o mixtos dirigidos a jóvenes desempleados, especialmente en sectores con necesidades (sanidad, educación, servicios sociales, educación ambiental, administraciones locales).

 

  • Implementar ayudas complementarias al Salario Mínimo, ajustadas al coste de vida insular, para los jóvenes con empleo de bajos ingresos. Por ejemplo, descuentos en alquiler o subvenciones directas para quienes ganan menos de un umbral mínimo ayudarían a combatir la pobreza laboral. Asimismo, promover convenios colectivos sectoriales que garanticen subidas salariales puede reforzar la valoración del trabajo juvenil.

 

  • Crear líneas de ayudas directas destinadas a los jóvenes canarios que preparen oposiciones. Estas ayudas cubrirían gastos de academias, material y tasas, con un enfoque en familias de bajos ingresos.

 

  • Integrar en el currículo de los últimos cursos de Grado y FP Superior charlas y talleres específicos sobre los procesos selectivos de la administración canaria, local y estatal.

 

  • Garantizar que los exámenes y trámites de las oposiciones autonómicas se realicen de forma equitativa en todas las islas para evitar que el coste del desplazamiento (doble insularidad) sea un factor de exclusión añadido para los opositores de islas menores.

 

  • Fomentar iniciativas que faciliten el regreso de canarios que estudian o trabajan fuera. En Canarias se cuenta con el Programa de Retorno del Talento (SCE, activo desde 2019), pero conviene ampliarlo: ofrecer ayudas específicas de reubicación, puestos de trabajo garantizados o incentivos fiscales para quienes vuelvan con un título canario.

 

  • Reducir la desventaja insular. Esto pasa por garantizar buenas infraestructuras de internet y transporte interinsular para que trabajar en remoto y residir en cualquier isla sea factible. Además, iniciativas de vivienda asequible o bonificaciones fiscales para jóvenes en islas menores pueden hacer más atractiva la permanencia.

 

  • Potenciar la formación híbrida y los centros asociados en islas menores, garantizando que el lugar de residencia no sea un impedimento para acceder a estudios especializados.

 

  • Crear ayudas para que graduados en sectores estratégicos como las energías renovables, la economía azul o la agricultura tecnificada puedan emprender proyectos en sus propias islas durante sus primeros años de carrera

 

  • Comunicar casos de éxito y generar vocaciones. Difundir ejemplos de jóvenes que han construido carreras en Canarias (p.ej. en I+D, turismo sostenible, administración digital) puede cambiar la narrativa. Crear foros interinsulares donde empresas locales recluten estudiantes o ferias de ciencia infantil alentará a los jóvenes a ver futuro en su tierra.

 

  • Reconocer legalmente al estudiante-trabajador para garantizar flexibilidad académica. Esto podría incluir flexibilidad en el calendario de exámenes, plazos de entrega y asistencia justificada, permitiendo conciliar mejor estudio y empleo. Universidades e institutos deberían ofrecer esquemas híbridos o semipresenciales para los «sisis», aplicando créditos o recuperaciones específicas.

 

  • Ampliar las ayudas económicas para estudiantes con empleo. Por ejemplo, compatibilizar becas con ingresos de trabajo (permitiendo que un joven perciba ingreso y ayuda simultáneamente), y reforzar subvenciones para familias con hijos estudiando y trabajando.

 

  • Reducir la desventaja insular. Esto pasa por garantizar buenas infraestructuras de internet y transporte interinsular para que trabajar en remoto y residir en cualquier isla sea factible. Además, iniciativas de vivienda asequible o bonificaciones fiscales para jóvenes en islas menores pueden hacer más atractiva la permanencia.

 

  • Velar por la integración de los jóvenes migrantes llegados a las islas, ofreciendo todos los recursos necesarios (cursos de idiomas, charlas formativas y orientación).

 

  • Crear ayudas para que graduados en sectores estratégicos como las energías renovables, la economía azul o la agricultura tecnificada puedan emprender proyectos en sus propias islas durante sus primeros años de carrera

 

  • Comunicar casos de éxito y generar vocaciones. Difundir ejemplos de jóvenes que han construido carreras en Canarias (p.ej. en I+D, turismo sostenible, administración digital) puede cambiar la narrativa. Crear foros interinsulares donde empresas locales recluten estudiantes o ferias de ciencia infantil alentará a los jóvenes a ver futuro en su tierra.

 

  • Reconocer legalmente al estudiante-trabajador para garantizar flexibilidad académica. Esto podría incluir flexibilidad en el calendario de exámenes, plazos de entrega y asistencia justificada, permitiendo conciliar mejor estudio y empleo. Universidades e institutos deberían ofrecer esquemas híbridos o semipresenciales para los «sisis», aplicando créditos o recuperaciones específicas.

 

  • Ampliar las ayudas económicas para estudiantes con empleo. Por ejemplo, compatibilizar becas con ingresos de trabajo (permitiendo que un joven perciba ingreso y ayuda simultáneamente), y reforzar subvenciones para familias con hijos estudiando y trabajando.

 

  • Indexar las cuantías de las ayudas al transporte y alojamiento al precio real del mercado inmobiliario en cada isla, eliminando la necesidad de buscar empleo por pura carestía habitacional.

 

  • Transformar las prácticas curriculares gratuitas en modelos de FP Dual o prácticas becadas que computen como experiencia y aporten ingresos, evitando que el estudiante deba buscar un segundo empleo no cualificado.

 

  • Elaborar un sistema permanente de detección de necesidades sectoriales en coordinación entre la Consejería de Educación, el Servicio Canario de Empleo y organizaciones empresariales, que permita ajustar anualmente la oferta de ciclos a la demanda real.

 

  • Reducir los desequilibrios territoriales ampliando especialidades técnicas estratégicas en islas no capitalinas, especialmente aquellas vinculadas a sectores con potencial de desarrollo local.

 

  • Impulsar campañas de orientación académica que dignifiquen la FP como opción de primera elección y no como vía secundaria frente a la universidad.

 

  • Priorizar la creación de ciclos vinculados a sectores emergentes en Canarias, como energías renovables, mantenimiento industrial avanzado, logística portuaria, economía azul y digitalización empresarial.

 

  • Asegurar que ningún alumno o alumna de zonas rurales quede por detrás, procurando la equidad y el apoyo.

 

  • Apoyar y financiar proyectos comunitarios que enriquezcan el proceso de enseñanza-aprendizaje como complemento al currículum.

 

  • Mejorar los servicios educativos en zonas rurales, incentivando al personal docente y equiparar en oportunidades al estudiantado.