Isla Refugio

La Isla Refugio representa el territorio de los cuidados y el bienestar y, al mismo tiempo, el de la desprotección sistémica. Es la isla donde los centros educativos y sanitarios deberían ser espacios seguros, donde la comunidad y las instituciones tienen el deber de acoger, escuchar y proteger a la juventud. Sin embargo, también es la isla donde esas necesidades vitales encuentran límites estructurales al chocar con la falta de recursos, el estigma social y la saturación profesional.

En el Refugio conviven dos realidades aparentemente contradictorias: una juventud cada vez más concienciada sobre su salud mental, afectivo-sexual y emocional, y un modelo institucional que no está preparado para absorber esta urgencia. Esta tensión genera fenómenos como el colapso de la atención psicológica pública, el escape hacia nuevas adicciones digitales y una profunda desigualdad territorial, configurando un escenario en el que pedir ayuda no siempre garantiza recibirla.

En las próximas páginas analizaremos cómo la brecha entre el malestar psicosocial y la sanidad pública, el retroceso en la educación afectivo-sexual, la tecnodependencia y la falta de infraestructuras para un ocio alternativo configuran una dinámica estructural que transforma al Refugio en una isla que detecta el dolor, pero que no siempre logra sanarlo.

Dónde lo invisible también importa

Reto 1: Atención psicológica real en los centros educativos

La salud mental del estudiantado en Canarias ha dejado de ser una «alarma silenciosa» para convertirse en una emergencia estructural. Los centros educativos, espacios donde la juventud pasa la mayor parte de su tiempo vital, carecen actualmente de las herramientas, el personal y los protocolos necesarios para abordar el bienestar emocional.

La figura del orientador u orientadora está colapsada por tareas burocráticas y ratios inasumibles y no puede suplir la necesidad de una atención psicológica clínica y preventiva. A esto se suma una barrera económica insalvable: quien no puede pagar una consulta privada, queda desamparado, ya que la Sanidad Pública tiene listas de espera incompatibles con la urgencia de una crisis juvenil.

Según los últimos datos de la Encuesta de Salud de Canarias (ISTAC) y la información recabada en los encuentros juveniles, detectamos tres nudos críticos:

  • Persiste una cultura de invisibilización en los centros: «No se dan a conocer los casos de salud mental como si fueran a dar mala imagen». Además, el sistema educativo penaliza el malestar: a día de hoy, los problemas de salud mental no siempre se aceptan como motivo justificable para ausencias o adaptaciones académicas, a diferencia de las dolencias físicas.
  • Existe una correlación directa entre el malestar docente y el estudiantil. Como se recoge en los diagnósticos, «el alumnado recibe clases de profesorado saturado», y la falta de formación específica en gestión emocional provoca que, en ocasiones, la intervención docente «empeore las situaciones» en lugar de contenerlas.
  • El riesgo de sufrir problemas de salud mental no es igual en todas las islas. Las islas capitalinas y Fuerteventura presentan indicadores mucho más alarmantes que islas como La Gomera o El Hierro, lo que sugiere que el entorno urbano y la presión demográfica influyen, pero los recursos no se distribuyen en consecuencia.

El sistema educativo canario no puede sostenerse únicamente sobre la vocación inagotable de sus profesionales. En los encuentros de Isla Refugio se ha identificado una premisa fundamental: el bienestar del alumnado es interdependiente del bienestar docente. Actualmente, el profesorado se enfrenta a una realidad de saturación burocrática y emocional que, inevitablemente, se filtra en el aula.

La comunidad educativa actúa como la «primera línea de defensa» ante los problemas de salud mental juvenil, pero lo hace sin recursos. Como recogen los diagnósticos participativos, «el alumnado recibe clases de profesorado saturado» y, ante la falta de herramientas técnicas para gestionar una crisis de ansiedad o conflictos emocionales, a veces la intervención docente «empeora las situaciones» involuntariamente. Cuidar a quien educa no es un privilegio laboral, es una garantía de calidad educativa.

El análisis de la realidad en los centros de Canarias arroja tres problemáticas estructurales que están invisibilizadas:

  • El profesorado está expuesto a un volumen de trabajo administrativo y lectivo que no facilita su propio bienestar. No existen espacios de descarga emocional ni supervisión psicológica para los docentes, quienes absorben el malestar de cientos de adolescentes sin tener dónde canalizarlo.
  • Se exige al docente que sea experto en su materia (Matemáticas, Lengua, etc.), pero no se le forma para gestionar la variedad de emociones y situaciones que existen en una clase de secundaria hoy en día. La falta de protocolos de actuación ante crisis suicidas, autolesiones o ataques de pánico genera inseguridad y ansiedad en el profesorado.
  • Aunque la saturación es general, las causas varían según el territorio, creando dos realidades de estrés laboral distintas que afectan al alumnado de forma diferente dependiendo de la isla en la que vivan.

El código postal no debería condicionar la salud mental ni el acceso a recursos preventivos, pero en Canarias lo hace. El concepto de «doble insularidad», que normalmente asociamos al coste de la cesta de la compra o al transporte (Isla Travesía), se aplica con crudeza a los recursos de juventud y bienestar.

Existe una asimetría estructural: mientras las islas capitalinas concentran los servicios especializados, pero sufren colapso por saturación, las islas no capitalinas (y especialmente las zonas rurales de estas) sufren la carencia de especialistas fijos y la dispersión geográfica. Un joven de Morro Jable (Fuerteventura) o de Valverde (El Hierro) no tiene las mismas oportunidades de recibir terapia o asesoramiento sexual que uno de Santa Cruz de Tenerife, creando una juventud de primera y de segunda categoría en términos de cuidados.

Basándonos en el desglose territorial del documento de trabajo, la realidad se fragmenta en tres escenarios muy distintos que requieren soluciones diferenciadas:

  • Fuerteventura y Lanzarote han experimentado un crecimiento poblacional joven muy alto, pero los recursos no han crecido a la par. En Fuerteventura, aunque existe una red de UAD (Unidades de Atención a Drogodependencias) en Puerto del Rosario, Gran Tarajal y Morro Jable, la dispersión geográfica y el deficiente transporte público hacen que, sin coche privado, sea muy difícil para un joven acudir a terapia de forma continuada. En Lanzarote se detecta una falta de continuidad en psiquiatría infantojuvenil, obligando a traslados o largas esperas.
  • En La Palma, La Gomera y El Hierro, el problema principal es la falta de anonimato y la escasez de oferta privada que complemente a la pública. En La Palma, la situación post-volcán exigió programas específicos como «Cuidar (T)» evidenciando que cuando hay recursos externos, la juventud responde, pero estos suelen ser temporales.
  • En La Gomera y El Hierro, los diagnósticos participativos (Isla Refugio) señalan explícitamente que «no se dan a conocer los casos de salud mental como si fueran a dar mala imagen». Esta presión social y falta de anonimato en entornos reducidos actúa como una barrera invisible que impide a la juventud pedir ayuda a tiempo, agravando las situaciones antes de llegar a consulta.
  • Tenerife y Gran Canaria acumulan los grandes centros (como el Centro Aluesa en Gran Canaria para adicciones o unidades hospitalarias en Tenerife), pero la ratio profesional/paciente es inasumible. Aquí los jóvenes tienen el recurso cerca pero la puerta está cerrada por listas de espera.

La educación sexual en Canarias ha dejado de ser una asignatura pendiente para convertirse en una urgencia sanitaria y social. Los diagnósticos de Isla Refugio alertan de un fenómeno preocupante: a pesar de vivir en una sociedad teóricamente más libre, asistimos a un retroceso en igualdad y a un aumento de la desinformación en las aulas.

La juventud denuncia que la educación sexual actual se limita a una charla puntual sobre biología y reproducción, desconectada totalmente de la realidad de sus relaciones, el placer, el consentimiento y la gestión emocional. Este vacío educativo está siendo llenado por la pornografía y los discursos de odio en redes sociales, lo que se traduce en un aumento de conductas de riesgo y violencia.

El análisis de las mesas de trabajo destaca tres puntos críticos que explican por qué las campañas actuales no funcionan:

  • Polarización y discursos de odio. Se detecta un clima de tensión en las aulas. Existe un «aumento de discursos de odio hacia el colectivo LGTBI+ y el feminismo». Esto genera una brecha: mientras una parte del alumnado avanza en diversidad, otra se radicaliza en posturas reaccionarias, haciendo que los centros dejen de ser espacios seguros para la diversidad sexual.
  • La queja es unánime: «No hay formaciones sobre emociones ni sexualidad real». Las intervenciones son esporádicas, llegan tarde (a menudo cuando ya se han iniciado las relaciones) y se centran exclusivamente en el miedo (embarazo/enfermedad), ignorando la dimensión afectiva. La información sobre ITS (Infecciones de Transmisión Sexual) es deficiente, lo que explica la baja percepción de riesgo.
  • El profesorado no siempre tiene la formación ni la confianza del alumnado para hablar de sexualidad. La juventud demanda perfiles sanitarios especializados dentro de los centros. En los encuentros se señalan explícitamente la carencia: Necesidad de sanitarios o especialistas en los centros educativos no solo para explicar el ciclo menstrual o la anticoncepción, sino para ser un referente de consulta accesible.

La situación actual de las adicciones en Canarias ha cambiado radicalmente, pero las políticas de prevención siguen ancladas en el pasado. Mientras los planes institucionales continúan centrando sus esfuerzos casi exclusivamente en el alcohol y el tabaco, la realidad en las aulas y en las habitaciones de la juventud canaria es otra: la tecnodependencia y el juego online.

Según los diagnósticos de los encuentros, asistimos a un cambio de paradigma: de la adicción a la sustancia a la adicción al comportamiento. La juventud denuncia que la prevención actual está desconectada de sus riesgos reales, dejando un vacío educativo ante el uso compulsivo de pantallas, las apuestas deportivas y los nuevos formatos de consumo como los vapeadores y bebidas energéticas.

El análisis de la información recabada (informes Fundación Adsis y dinámicas insulares) destaca tres frentes abiertos que requieren intervención urgente:

  • Los datos son contundentes: un 16% de los adolescentes en Canarias reconoce problemas con el juego online y un 17% se percibe «enganchado» a la tecnología. A diferencia del alcohol, que es visible y social, la adicción al móvil o a las apuestas se vive en soledad y aislamiento, a menudo dentro de la propia casa, lo que dificulta su detección por parte de las familias.
  • La normalización de nuevos consumos tal y como se ha detectado en las dinámicas, existe una baja percepción de riesgo ante sustancias que no se consideran drogas clásicas. El consumo masivo de bebidas energéticas y vapeadores en la adolescencia temprana está actuando como puerta de entrada a otras adicciones, sin que existan campañas de concienciación generalizadas a nivel regional.
  • Existe una gran desigualdad en recursos especializados. Mientras Gran Canaria cuenta con el Centro Aluesa, un recurso público referente y específico para adicciones comportamentales (sin sustancia), el resto de islas carece de centros especializados en ludopatía o adicción a pantallas. Esto obliga a tratar estos problemas en unidades de drogodependencia tradicionales (UAD), que no siempre están adaptadas ni resultan entornos cómodos para un menor con adicción a videojuegos.

El ocio juvenil en Canarias se encuentra en una encrucijada: o es de consumo (centros comerciales, locales de apuestas, hostelería) o no existe. En los encuentros ha recogido una queja transversal: «No se fomenta el ocio fuera del aula». Esto significa que, una vez terminada la jornada escolar, la juventud carece de infraestructuras públicas gratuitas donde socializar, crear comunidad o simplemente estar sin necesidad de gastar dinero.

Un espacio seguro no es solo un lugar físico; es un entorno libre de violencias, accesible mediante transporte público y dinamizado con actividades que ofrezcan una alternativa real al aislamiento de las pantallas y al consumo de sustancias. Sin estos espacios, la calle o quedarse en casa con las pantallas se convierten en las únicas opciones, agravando los problemas de salud mental y adicciones tratados en los retos anteriores.

El análisis de los recursos insulares muestra una realidad a dos velocidades, donde la geografía vuelve a ser determinante para el acceso al ocio:

  • Tener centros juveniles no sirve de nada si no se puede llegar a ellos. En Fuerteventura, el programa Fuerteventura Joven y los centros municipales existen, pero como señala el diagnóstico, «la dispersión geográfica es un reto para el acceso». Un joven de una localidad alejada sin carnet de conducir no puede participar en las actividades de Puerto del Rosario o Gran Tarajal, quedando excluido de la oferta pública.
  • Frente al modelo estático, La Gomera presenta una buena práctica con su iniciativa Ocio y Salud, que lleva las actividades a todos los municipios, en lugar de esperar a que los jóvenes se desplacen a la capital. Asimismo, el Centro Juvenil de San Sebastián funciona como un verdadero espacio multifuncional. Este modelo demuestra que, en islas con menor población, la clave es la itinerancia de los recursos.
  • En Gran Canaria, el programa Juvemcan y las actividades del Cabildo fomentan el senderismo y los campamentos, aprovechando el entorno como espacio seguro. Sin embargo, en las zonas urbanas de alta densidad, la oferta pública de fin de semana es escasa, dejando el tiempo libre a merced del mercado privado.

Las propuestas

 

  • Incorporar profesionales de la psicología clínica en los institutos para atención rápida y gratuita, accesible tanto para el alumnado como para el profesorado, cuidando así a quien educa.

 

  • Modificar la normativa para que los episodios de ansiedad, depresión o fatiga emocional sean causas oficiales y justificadas de inasistencia, sin penalización académica y con derecho a reprogramación de pruebas.

 

  • Incluir en el currículum de una hora semanal dedicada a la gestión de emociones, autoconocimiento y herramientas psicosociales, impartida por especialistas en la materia.

 

  • Crear e impartir charlas educativas sobre temas que realmente preocupan al alumnado, presentadas de manera dinámica y participativa, con el objetivo de que resulten útiles y significativas para su aprendizaje.

 

  • Capacitar al profesorado en detección temprana y primeros auxilios psicológicos para evitar intervenciones contraproducentes en el aula.

 

  • Crear una vía rápida de derivación desde el personal de psicología u orientación del centro educativo a la Unidad de Salud Mental infantojuvenil de zona, evitando la burocracia de Atención Primaria.

 

  • Implementar unidades de atención psicosocial específicas para el personal de educación, independientes de la inspección educativa, para tratar el estrés y el agotamiento.

 

  • Aprobar protocolos de actuación claros y simplificados para la creación de guías de respuesta rápida ante situaciones de crisis (ansiedad, ideación suicida) que liberen al docente de la responsabilidad de «improvisar» y le den seguridad sobre cómo actuar.

 

  • Reducir la carga burocrática de los/las tutores/as para que puedan dedicarse a la atención personalizada y al vínculo con el alumnado, en lugar de a rellenar informes administrativos.

 

  • Introducir unidades móviles de Salud Mental y afectiva para todas las islas, con prioridad para las adaptaciones correspondientes para las no capitalinas.

 

  • Blindar los recursos necesarios para convertir programas temporales exitosos en estructurales. El modelo de personal sanitario en los institutos debe extenderse por ley a todas las islas, y el apoyo psicosocial de La Palma no puede desaparecer cuando se apague el foco mediático.

 

  • Garantizar la psicología telemática pública y crear una plataforma del Servicio Canario de Salud exclusiva para juventud que permita consultas por videollamada segura.

 

  • Implantar la Enfermería Escolar tal y como se hace en el programa consulta joven, institucionalizar estas figuras con horas fijas en los institutos de secundaria, funcionando como una ventanilla de salud sexual para dudas rápidas y privadas.

 

  • Extender y blindar programas tales como Salud con Z (visitas de personal sanitario a centros educativos), asegurando que llegue a zonas rurales y no solo a capitales, para formar agentes de salud entre los propios jóvenes.

 

  • Proveer de preservativos gratuitos para la juventud con la instalación de puntos de distribución gratuita de preservativos en centros de salud, eliminando la barrera de la vergüenza de pedirlos en farmacia.

 

  • Aprobar un plan de choque contra la LGTBI-fobia y el bullying, una formación específica y obligatoria para el profesorado para detectar y frenar los discursos de odio y la discriminación en el aula, con protocolos de sanción y reeducación para agresores.

 

  • Crear unidades específicas de atención a adicciones comportamentales (juego, pantallas, compras compulsivas) en cada isla, separadas de los centros de atención a drogodependencias para eliminar el estigma y facilitar el acceso a menores.

 

  • Implementar una campaña visual e impactante en todos los institutos de Canarias sobre los riesgos cardiovasculares y adictivos de los vapeadores y las bebidas energéticas.

 

  • Financiar programas de ocio nocturno y de fin de semana saludable que compitan directamente con la oferta de las casas de apuestas y el aislamiento digital.

 

  • Aprovechar las instalaciones de los institutos públicos (gimnasios, bibliotecas o salones de actos) para convertirlos en centros de ocio juvenil gestionados por dinamizadores en horario de tarde y fin de semana.

 

  • Garantizar que la participación en actividades culturales o juveniles financiadas por Cabildos y Ayuntamientos incluya siempre el transporte gratuito (guaguas lanzadera) desde los municipios periféricos, rompiendo la barrera de la dispersión.

 

  • Fomentar que las agendas jóvenes de los Cabildos no concentren más del 50% de sus actividades en la capital.